miércoles, 6 de marzo de 2013

La gota del recuerdo

Hannah. Philip Lorca diCorcia


La cuota de secretos compartidos por años de encontronazos incluía el conocimiento de fobias y temores, de admiraciones y rencores, y la necesaria posesión de las claves para la activación más sutil y eficaz de sus resortes sexuales. El Conde recordó cuánto le agradaba a ella que él le lamiera el clítoris con un movimiento punzante de la lengua, dejando correr su saliva hacia las aberturas de la vagina y el ano, al tiempo que las palmas de sus manos frotaban los enardecidos pezones, y él sentía al fin la tensión profunda del vientre de la mujer, la alteración de sus inspiraciones y exhalaciones, advertencia del desborde en cascada del silencioso orgasmo. Percibiendo cómo se le recogía el escroto y una gota lasciva le recorría la uretra, el hombre disfrutó del recuerdo de las artes aplicadas por Tamara para hacerlo gozar con toda la plenitud posible...


(La neblina del ayer, Leonardo Padura)


domingo, 3 de marzo de 2013

Sabor a sol



Un lugar donde vivir. Ciuco Gutierrez

Le quitó la camiseta de tirantes, la olió en su crema de sol, le pasó la lengua por los rincones de sabor a piscina como quien decide pasar unas horas en la playa. Hubo un momento en que el disco calló. Él seguía lamiendo centímetro a centímetro su vientre, sus muslos, su coño y ella sintió que de nuevo estaba en el fondo de la piscina y otra vez movió el cuerpo para nadar, para sentirse libre, mujer pez, bajo la lengua húmeda de Iñaki. Nunca la había amado con tanta lentitud, así que cuando la penetró tuvo la sensación de que tendría que moverse más para que el líquido de esa piscina la llenase hasta arriba.

(La fragilidad de las panteras, María Tena)



viernes, 1 de marzo de 2013

La mitad sur

This spring. Larry Sultan


... el sesgado crustáceo de cuatro patas que ha formado nuestro abrazo empieza a desplazarse lateralmente hacia el fondo de la habitación, donde está la cama; pero de pronto yo empiezo a presionar en otra dirección.

Ahora el cangrejo describe un arco, vuelve atrás. Mientras pasa ante la mesita del desayuno emerge un brazo blanco; en el extremo del brazo hay una mano, la mano coge el mantel de algodón adamascado. El cangrejo vuelve hasta el escritorio, se divide en dos. Y enseguida, como las células cuando se reproducen, también la mitad que soy yo empieza a dividirse en dos.

Me levanto las faldas, me quito las bragas. Realmente no sé qué me ha dado. Me siento, conecto el magnetófono, me acomodo el mantel sobre las rodillas, como la manta de un paralítico. ¿Te acuerdas? Ahora la escisión de la célula Valentina se ha cumplido. La mitad norte apoya una mano sobre el hombro de Ante y lo empuja hacia abajo hasta hacerlo arrodillarse en el suelo. Y mientras él desaparece bajo el mantel (donde está escondida la parte sur, pero no me concierne), la parte norte dice:

–Tengo que terminar un trabajo.


(Efectos personales, Francesca Duranti)