domingo, 21 de abril de 2013

Alguien


Nobuyoshi Araki. Kaori love


Alguien deshizo las ligaduras que apresaban mis tobillos.
Alguien tomó mis dos muñecas y me las ató una contra otra, en medio de la espalda.
Alguien me empujó para darme la vuelta.
Alguien se aferró a mi cinturón, tiró de él para arriba y me obligó a clavar las rodillas en la cama.
Alguien, situado detrás de mí, me penetró.
Alguien, situado delante de mí, tomó mi cabeza entre sus manos y la sostuvo mientras introducía su sexo en mi boca.


(Las edades de Lulú, Almudena Grandes)

domingo, 31 de marzo de 2013

Erika, la dama y el turco


Sin que esos dos se enteren, ella hace un trío del dúo. De pronto algún órgano comienza a activarse dentro de ella, sin que pueda controlarlo, a tiempo doble o aún más veloz. Una fuerte presión en la vejiga, un sufrimiento molesto que la acosa cuando se excita. Siempre ocurre en el instante más inoportuno, si bien aquí tiene a su alrededor un territorio de kilómetros y kilómetros en el que esta presión natural y sus resultados podrían desaparecer sin dejar huella alguna. La dama y el turco le ofrecen el ejemplo de un tipo de actividad. Erika reacciona involuntariamente con un ligero picor. ¿Era lo que quería o no? La presión interior se hace cada vez más molesta. La espectadora se ve obligada a modificar su posición encuclillada para aliviarse y atenuar esa presión que pica y oprime. Ya es muy urgente. Quién sabe cuánto tiempo más podrá resistir. Y precisamente ahora es absolutamente imposible. El picor y el ruido del roce aumentan; Erika no sabe si acaso ha sido ella misma quien intencionadamente ha dado el impulso, lo que desde luego sería absurdo. Ella ha empujado una rama y la rama se desquita haciendo ruido.

(La pianista, Elfriede Jelinek)


Telo Hotels. Hana Jakrlova

jueves, 14 de marzo de 2013

El bolso de Betania


New York, New York (Pandora's Box). Susan Meiselas 


(...) Tras los cristales caía un bloque de agua central y a los lados se descomponían pequeñas lluvias menores. Orienté mis radares en dirección a Betania y observé con disimulo que ella estaba haciendo aquello que más podía conmoverme. Buscaba algo en su bolso, y en su repaso iba esparciendo jovialmente objetos sobre la mesa, un peine, una billetera, una polvera ovalada simulando un caparazón de tortuga, un pincel para las pestañas a escala liliputiense. Yo no me movía, no respiraba, me encontraba desarmado ante ese involuntario strip-tease, y cuando ella, Betania, harta al fin, puso boca abajo el bolso y del cofre de los tesoros se desprendió una risueña llovizna de clips y monedas y brillantes abalorios, sentí la cercanía de una explosión orgiástica.Hundí la vista en el bolso saqueado, con su abertura lasciva y su mueca indecorosa, un estuche casi negro, aplastado, un poco rozado en las esquinas, luciendo su forro membranoso como de ala de mosca y los dientecillos de la cremallera. Sobre la mesa quedaban los rescoldos de una vida. A su lado la mujer me ofrecía sin palabras aquella gran flor carnosa que esperaba ser llenada de nuevo, saciada, hambrienta de oportunidades. Yo no podía más. Me acerqué tambaleándome y con una voz que no era mía le pedí permiso a Betania para meterle las cosas.La aventura duró veinte días, lo que duraron las lluvias.


(Seda salvaje, Eloy Tizón)